Incendios en Sierra de Gata (apuntes sobre la política forestal)

El incendio de agosto de 2015 visto desde la carretera del Puerto de Perales

Es descorazonador ver que paisajes bellísimos con los que has logrado crear una relación emocional muy sólida, que forman parte de tu historia personal, de tu vida, desaparezcan para siempre en apenas cuatro días de infierno en llamas.
Llevo vinculado quince años a las montañas serragatinas y desde hace más de ocho tengo un hogar allí, en la localidad de Gata. En estos años he recorrido sin parar aquellos parajes, desde Valverde hasta Villanueva, desde Robledillo a Santibáñez. He transitado por sus carreteras, sus pistas asfaltadas o encementadas, por sus caminos de tierra, por sus senderos o campo a través. Me siento más Serragatino que otra cosa. Nací y me crié en una ciudad pero nunca he logrado sentirla mía, al menos no tanto como aquellas montañas.
Por eso se te parte el corazón cuando un incendio, intencionado como casi siempre, destruye una parte nada desdeñable de la Sierra de Gata en una horas de un caluroso verano de 2015. Más de siete mil hectáreas fueron arrasadas en el centro de la comarca, en su escaparate. Es verdad que queda intacta la mayoría, pero se ha dañado seriamente la zona más conocida, la más visitada y la más transitada. Allí están las principales piscinas naturales, hoy rodeadas por un paisaje arruinado y en las que hasta la vegetación de ribera, metida literalmente en el agua, también ha sido dañada.
No es el primer gran incendio de la Sierra ni tampoco será el último. Es muy fácil quemar el monte y existen muchas razones por las que alguien puede decidir destruir tanto en tampoco tiempo. No me voy a parar a reflexionar sobre quién y porqué se quema el bosque, es un tema muy manido. Yo quiero reflexionar sobre la desastrosa política forestal que facilita las cosas a los delicuentes que destruyen paisajes y ponen en peligro personas y patrimonios. Si es tan difícil impedir que se queme, no es tan difícil favorecer una política forestal que impida grandes catástrofes naturales y logre minimizar los efectos del fuego.

De las casi 8000 ha del incendio de 2015 la mayoría fue superficie ocupada
por el pinar. Foto realizada en las cercanías de Acebo

Muchos cuestionamos una desastrosa política forestal heredera del antiguo ICONA y de tiempos pretéritos en los que se apostó por convertir determinadas zonas del país en grandes plantaciones forestales. En Extremadura, tierra de bosques y dehesas de frondosas, de encinas y alcornoques en el llano, a las que se añaden robles y castaños en las montañas, se decidió introducir el pino pinaster (rodeno o negral) en régimen de monocultivo en toda la comarca de Las Hurdes y en amplias zonas de la Sierra de Gata. También se hizo en otras áreas, como la Sierra de San Mamede o la Siberia Extremeña. Y lo recalco, se introdujo en régimen de monocultivo, es decir, se crearon inmensas plantaciones (me niego a llamarlas bosques) sin solución de continuidad que ocuparon prácticamente el 90% de la superficie hurdana y enormes extensiones en Sierra de Gata, donde existen grandes monocultivos en las sierras orientales (Sierra de Dios Padre, Sierra del Gorrero), en el valle del Árrago, en el área central (hoy parcialmente quemada) y en el extremo occidental (Sierras de la Malvana- Malcata). El pino pinaster es una especie no autóctona que se quema con gran facilidad y favorece la expansión del fuego, especialmente en lugares como Extremadura, donde las condiciones de sequedad y altas temperaturas son habituales en verano. Si a eso añadimos que los fuertes vientos son habituales en las noches veraniegas serragatinas el cóctel letal está servido.

Inmensas plantaciones de pino pinaster en el Valle del Árrago. Esa zona ya
sufrió un devastador incendio en la última década del siglo XX
La proliferación de grandes plantaciones de pino y su vinculación con los grandes fuegos es incuestionable. En los últimos quince años, los grandes incendios de varias miles de hectáreas calcinadas se han producido siempre en zonas con plantaciones de coníferas, fueron los casos de los incendios que a comienzos del siglo afectaron a los pinares de Jola y los valles hurdanos y serragatinos. Para mitigar, que no eliminar, el grave peligro que entrañan estas macroplantaciones nos vemos obligados a desplegar toda una batería de medidas agresivas con el medio ambiente. En las zonas de monocultivo del pinar proliferan las grandes pistas forestales que rasgan las montañas hasta convertir sus laderas en verdaderos laberintos con multitud de anchas pistas que se entrecruzan y se entremezclan con inmensos cortafuegos que arrasan las laderas creando un paisaje muy distante del auténtico y primigenio e intensificando de forma absurda la presión sobre el paisaje, la flora y el suelo. La creación alocada de pistas ha llegado incluso a zonas con predominio de bosque autóctono y con escasa presencia del fuego. Como han recordado con frecuencia los ecologistas, las pistas pueden ayudar a enfrentarse a los incendios, pero en igual medida facilitan un rápido acceso de incautos y pirómanos a lugares hasta entonces difíciles de transitar.
Pero si las plantaciones de pinares de grandes dimensiones son un peligro, más lo son si están abandonadas, no hay una entresaca ni una limpieza adecuada. Yo he visto en el término de Acebo pinares completamente abandonados convertidos en una inmensa maraña de ramas y pinos de pequeñas dimensiones incapaces de crecer en grosor y altura por la excesiva densidad de árboles. Todo este panorama empeorado por la reducción paulatina de ganado en el monte que permita, en una cantidad razonable, una limpieza natural de éste.

El bosque autóctono predomina en las cercanías de San Martín de Trevejo


El bosque autóctono es garantía de diversidad, de riqueza, y también de resistencia frente al fuego. Su comportamiento es mucho más efectivo frente a los incendios. Las posibilidades de regeneración del espacio quemado son mucho mayores y no se hace necesaria, con frecuencia, una intervención tan radical como la que en los pinares supone el corte masivo del pino quemado utilizando maquinaria pesada que arrasa un suelo ya de por sí dañado por el efecto del incendio. Además, el fuego se expande con menos virulencia entre una vegetación natural y propia de la zona. En condiciones meteorológicas iguales, un incendio en Extremadura avanza más rápidamente en una zona de pinar que en un área de bosque autóctono. Estos días, recorriendo la zona quemada, he podido observar los preciosos robledales-castañares del Canchal del Burro, de Valdelaseras, de Lameros o de Molcalvo, duramente castigados por el fuego pero en los que amplias zonas han resistido el embate y muchos de los árboles no han muerto, posibilitando una futura regeneración del bosque.
Somos muchos los que queremos que se priorice la repoblación con robles, alcornoques y castaños y se reduzca el protagonismo del pinar, impidiendo la formación de grandes plantaciones sin interrupción en régimen de monocultivo. Fragmentar el pinar reduciendo su extensión puede ayudar a combatir los incendios que lo azotan. Un ejemplo de lo que no se debe hacer estaba en la zona quemada: entre Acebo, Hoyos, Perales, Villasbuenas y Gata hay una extensión enorme de repoblación con pinar sin solución de continuidad, una parte importante de ella ha quedado destruida con el incendio de agosto de 2015. Era un verdadero polvorín que ahora tenemos la oportunidad de desmantelar. Un desastre puede convertirse en una oportunidad, depende de nosotros.

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